Demasiada Presión
UNA COSA es reprimir a los que no quierenla convivencia y otra, coincidente en el
tiempo, es esa manía salutífera que por la
vía de la coacción y la prohibición intenta
que vivamos más pero peor.
De pronto hemos descubierto que todo lo hacemos mal y que necesitamos arrepentirnos y mostrarnos sumisos y obedientes. El Papá-Estado ahora se ha convertido en una nurse vesánica que nos aplica jarabe de palo. Tantos años en el error y ahora, por fin, los gobiernos están dispuestos a llevarnos por el buen camino. Fumar es un crimen. Estar gordo es de mala educación. El Congreso de los Diputados ha empezado una cruzada para cambiar los horarios de los españoles y a este paso poco faltará para que se imponga el toque de queda a los noctámbulos y para que aparezca una brigada especial contra los televidentes nocturnos. No estamos hablando del incivismo. Estamos hablando de hábitos que forman parte de nuestra vida. Fumar es perjudicial, es cierto. Incluso para los que
no fuman. Pero alguien ha decidido que un hotel, el sacrosanto lugar de la privacidad, sólo puede disponer de un 30% de las habitaciones para fumadores. ¿Por qué no un 30% de habitaciones para adúlteros, para masturbadores, para roncadores o para insomnes?
En la cuestión de los horarios, nuestros nuevos protectores nos van a llamar al orden. Me imagino a la ministra de Sanidad saliendo por la televisión a las ocho de la tarde diciendo que vayamos rápidamente a casa porque la cena se enfría. Lo de rápidamente es un decir, porque el transporte público es lento, porque los coches contaminan, porque los empresarios fomentan jornadas laborales exhaustivas, porque la televisión emite los partidos de la Champions a las diez de la noche y las películas de los cines no empiezan realmente hasta las once menos cuarto. No sé si todo este follón de horarios y hábitos nos va a llevar a la muerte. Pero lo que es evidente es que se
está delegando en el ciudadano un conjunto demedidas correcitivas que pueden llegar a ser asfixiantes. No se prohíbe el tabaco, al contrario, se asiste a una rebaja de los precios. No se obliga a limitar la velocidad de los automóviles desde origen, sino que se obliga al ciudadano a que sea más responsable que el fabricante. Se insta al ciudadano a que no beba ni coma lo que el Estado decide que es sano y que haga deporte, pero eso sí, con
toda la burocracia que conllevan las federaciones. Y sobre todo que tengamos hijos, aunque el precio de la vivienda sea inalcanzable para muchos jóvenes, que eso, por lo visto no es tan importante como unos pitillos al día. Vivir se está poniendo muy difícil. Creíamos que el Estado del bienestar era otra cosa, pero el esfuerzo de tanta persuasión limitadora podría dedicarse a otro tipo de cosas.
¿Han pensado nuestros legisladores municipales o estatales que con esa batería de normativas sólo se dirigen a los que ya estamos convencidos? ¿Han pensado que la reacción a estas cruzadas salutíferas comportan una irracional rebeldía? La cruzada por el civismo es una cosa y el cambio de hábitos es otra. Los enemigos de la convivencia son los que defecan, los que gritan, los que no dejan dormir a los durmientes. Que se actúe contra ellos, pero que se afloje la presión sobre los simples humanos del purito tras el café, de los callos con garbanzos y de la partida de naipes nocturna.
Joan Barril en "El Periodico" 20-XII-2005
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